Me he encontrado esta mañana un euro en el suelo de la cafetería.
Eso no es nada, el sábado pasado encontré yo 10 euros junto a la barra del bar aquel donde me entró la chica morena con la excusa de que le prestara las gafas.
Sí, alguna vez me han dicho algo así, pero más exagerado fue la que me tiró la cerveza a los pies y luego me pidió que la invitara a otra. Desde luego la gente, tiene la cara de cemento armado. No entiendo a que juegan, como si fuéramos tontos, como si uno no hubiera vivido ya cosas así. ¡¡Que venimos de vuelta por dios!!
Y no te conté la pelea que se montó entre dos tíos por culpa de una chaqueta.
Espera, espera… pelea la que vi desde mi balcón hace un mes. Un tío entró en la peluquería y empezó a gritar a una que estaba esperando: que si le había mantenido, que si quién se creía que era...
Bueno, eso no es nada comparado con la que me montó a mi Rosa cuando le dije que no pasaba las vacaciones con ella. Yo hasta arriba de curro, sin poder pedirme más días y no se le ocurre otra cosa que montarme una bronca en medio de…
Ya sí... algo me contaste... ¿pero no te acuerdas de la que me armó a mi Ana por lo de fin de año? ¿¿No te lo conté?? Resulta que ella quería irse a pasar unos días a Londres y aprovechar para pasar allí el día uno… bueno pues…
Oye una cosa... ¿y donde pasas tú esta Nochevieja?
¿Yo? No lo sé todavía… creo que vamos a hacer una fiesta en casa de un amigo de un amigo. El año pasado estuvimos allí también y fue un descontrol.
Nosotros si que lo pasamos bien… fuimos cerrando los bares, llegamos para montar la mesa de la comida de año nuevo con la corbata todavía puesta en la frente. Menuda cara que puso mi madre.
Cara la de la mía cuando le dije que este verano no contara conmigo para pintar el trastero, que tenía ya planeado un viajecito que quería hacer desde hace tiempo. Tenemos pensado cogernos el coche e irnos por toda Europa a pasarnos un par de meses deambulando.
Viaje alucinante el que yo quiero hacer con mi Luis por Estados Unidos. Recorrernos Las Vegas, el Gran Cañón, San Francisco...
Pa eso, prefiero irme al Amazonas.
Paso... un colega casi palma de una enfermedad que pilló allí.
Casi palmo yo por el virus que tuve el año pasado que no sabían que era y estuve en cama 2 meses, ingresado en el hospital la mayoría del tiempo, hecho un auténtica mierda…
Joder, ¿¿y no te acuerdas las que pasé yo con lo de la pierna por el accidente?? ¿Qué estuve en rehabilitación un año entero? Y aguantando a todas las amigas de mi madre cada dos por tres de visita.
La verdad es que son de lo que no hay macho. El otro día, llego a casa, y están las de la mía discutiendo que si una tardó tantas horas en parir, que si la otra había tardado dos días… que si otra se tiró un mes después de salir de cuentas…
Pero no en serio, mi madre con las suyas es peor, como se pongan a rajar es que pueden no parar en toda la tarde y como te pillen de por medio, te ponen a parir…
Eso como mi hermana… menuda es. Me saca de quicio de verdad. Todos los días dando por saco.
No no, el mío si que se lleva la palma. Esta mañana casi le doy un sopapo por despertarme para no sé que de que le acercara a por churros. Que con la resaca que llevaba esta mañana pa churros estaba yo… que me acosté ayer a las mil…
Resaca la mía, menuda borrachera me cogí el viernes… acabe abrazando cada esquina desde el bar hasta casa. Así estaba ayer, que no podía ni con mi alma. Y la pasta que me dejé. Que no quiero ni mirar la cartera.
Apunta, yo si que me he gastado dinero este mes. Entre la bici que me compré, las copas y un par de cosas más que he tenido de improvisto… pánico le tengo a la cuenta.
Yo si que estoy arruinado, que no he cobrado todavía lo del trabajo de hace un par de meses y estoy a base de macarrones y atún… menos mal que me he encontrado esta mañana diez euros en el bar.
Pues Irene se encontró un billete de 50 euros el otro día en el botellón…
No hay preguntas. No hay interés.
No hay preocupación. No hay prudencia.
Es el yo más. El veneno comparativo. El yo gano.
La diferencia entre oir y escuchar.
Ya no hay conversaciones. Ahora escalamos en cada frase para mirar al otro desde arriba.
Lo veo todos los días.
Y en cada ocasión, enfermo un poco más.
Combatirlo es dejar el hacha y escupir el cuchillo para que los grandes momentos, definidos como interacción, parezcan así más intensos.
De todo corazón... en ocasiones, no me hace daño morderme la lengua.
Existe un lugar en Huelva llamado Sotiel Coronada donde la carretera apenas suspira al atravesarlo de lado a lado. Hay frente al centro cultural donde tantas veces jugué al bingo, un singular porche que hace de preámbulo a una casa, escenario de mil y uno de mis recuerdos de infancia. Un pequeño salón deja a la izquierda una escalera de 4 peldaños que desemboca en una fría habitación donde mi familia ha dormido tantos días de verano como de invierno. Todos juntos, en apenas dos camas, con una pequeña ventana que dejaba entrar el olor del monte y la naturaleza que escama la zona. Mi madre se inventó el masaje de ojos en una de esas camas para aliviarme cuando estaba enfermo. Anexa al primer salón, hay otra pequeña estancia, presidida por una mesa redonda y una gran chimenea. Allí se sentaba mi abuelo a contar batallas de su adolescencia. Decía que había sido trapecista, piloto, escalador… todo había ocurrido en aquella pequeña aldea. Yo por supuesto dudaba de cada historia, pero era incapaz de separar la sonrisa de orgullo de mi cara. Aquella chimenea tenía olor a castañas asadas en barro. Y la imagen de brasas rojas tostando pan para desayunar. La mesa llena de tazas de café, la mantequilla, los cubiertos y el cuenco de fruta. Mi familia entraba y salía de aquellas 4 paredes, voz en grito, sentándose a desayunar y riendo y gritando para que el resto se levantara. La puchera, los cremas de huevo, el aguardiente. La cocina escondida tras el patio era un hervidero que nunca estaba tranquilo. Los días se hacían tan cortos... Recuerdo aquella mesa con botellas y mantas alrededor. Y una mano de cartas. Mil veces estuve en verano y no puedo dejar de pensar que siempre había brasas en la chimenea. Es un sentimiento reconfortante el saber que el olor de pan tostado aviva todos esos recuerdos… me hace saber que están todos ahí.
Hay fuegos que se dejan apagar. Hay restos que debemos soplar para que sigan brotando. A veces no puedo elegir cual de ellos va a perdurar. Con Sotiel, sería ir contranatura. Y mi abuelo no me lo perdonaría. En otras ocasiones debo recurrir al cubo de agua y crear humo negro que solo va a ensuciar las paredes. Pero no puedo albergar todos los fuegos y arriesgarme a quemar mi casa.
Habría que ser muy estúpido para no darse cuenta de que no dejarás de ver definitivamente por mucho que te tapes con las manos. En algún momento, esos cansados brazos abrirán tus ojos. Y en ese momento miras. Quieras o no, pero miras. Y ya no hay vuelta atrás. La imagen grabada en la retina, de ahí al cerebro, incrustada en tu memoria y destinada a enmudecer o agrandarse en función del caso que de ahora en adelante nuestra falta de sabiduría quiera darle.
Así que cuando aparece algún Don Draper cualquiera y nos planta, no solo delante, sino en el pavimento del camino a casa, que “la vida te va a sonreir si…”, en algún momento le haces caso. Me gusta el mundo de la publicidad, es atractivo desde la ignorancia. Pero supongo que como la mayoría de los estallidos de fanatismo. Las expectativas las desinflas mirando en el interior. Aventura lo llaman algunos. Realidad, los pesimistas. Siempre eligiendo puntos de vista.
La expresión venderse es un concepto divertido teniendo en cuenta que nunca nadie querría comprarnos tal como somos. No compras una televisión carisima para hacerle unos arreglillos caseros. Y raro es el caso que no sea esta nuestra última intención. Aunque bienintencionados y del todo despreocupados. Para experimentar buscas en las tiendas de segunda mano. Pero en la vida real, no queremos colocarnos en ese escaparate ¿verdad?. Así pues, asumimos el dicho y somos correctos. Somos uno mismo. Y pretendemos llevarlo hasta las últimas consecuencias de forma que nos traten igual.
Pues aún así, nos amoldamos indefectiblemente ante la posibilidad de conseguir algo ansiado. Incluso si sabemos que nuestra forma original hará que el día de mañana, nuestra conversación chirríe en cada punto y coma. Pero los seres humanos no siguen patrones, no establecemos conductas definitivas que puedan rastrearse. Somos plastilina en manos de nuestra propia edad. Nosotros jugamos literalmente con nuestra forma de ser. Un día nos gusta, otro no. Me pregunto hasta donde tendrá que ver el trabajo de Don Draper en nuestro perfil.
No hagáis mucho caso a este panfleto. Quién sabe si lo que intentaba era desahogarme o intentar cambiaros.
Soy un loco de las listas. No puedo (ni quiero) remediarlo. Así que, para mí, un repaso del verano (y saltándome muchos días) es algo parecido a esto:
Sentarme en una butaca de cine mal colocada. Cual rey en su trono, si no llego a cambiarme, a día de hoy solo gritaría por acabar con el dolor de mi espalda.
Sufrir una tormenta a las 4 de la tarde en pleno agosto en medio de Castilla La mancha.
Recibir la bronca de una camarera en un comedor al ver que dejaba todo el plato: “¿Ya no comes más? Pues tu estás en edad de crecer”.
Disfrutar de la comprensión de otro camarero que al explicarle que no podíamos comer más pizza por la resaca contestó: “No me digas más. ¿Os la pongo para llevar?”
Reparar un lunes en que después de toda una semana de fiesta, se puede sufrir síndrome de abstinencia.
Organizar un sábado por la noche una salida a un concierto para todos mis amigos… en Cádiz… desde Madrid… y sin posibilidad de ir.
Recuperar la palabra “pedufli”.
Hacer un botellón a las 5 de la tarde en la feria de málaga mientras invitaba a media plaza a tortilla del mercadona y acababa cantando Volaré junto a unos italianos con una guitarra de juguete.
Bañarme en el charco* y sobrevivir. *(piscinas naturales en el cauce de un río, rodeadas por inmensas piedras que parecen estar diciendo “ven, písame sin miedo, no seas tonto, que el musgo de mi superficie no es resbaladizo como los nativos del lugar intentan hacerte creer”).
Ser levantado a pulso por amigos y algunos desconocidos en una abarrotada plaza de málaga mientras hacía de Superman.
Aprender que “Palen… mola”
Ver con mis propios ojos “el toro de fuego”… o como perseguir el peligro.
Pasar un inolvidable fin de semana en Santander y (casi) acabar durmiendo en el coche.
Jugar al rosco de pasapalabra con pueblos de Andalucía y que una valenciana nos gane a un malagueño y a mí.
Estar en dos ferias y bailar dos tristes sevillanas. Eso sí, inventamos el duro-rueda alrededor de un barril… y vaya si fue efectivo.
Cenar sal con alitas de pollo.
Sufrir in situ una estampida humana a la salida de una discoteca y al grito de “esconderme que me matan”.
Descubrir mientras estoy bailando que la letra de la canción reza: “subete la falda que quiero verte el tanga, dale más parriba que yo quiero verte el… (sonidos guturales que riman con toto).
Ver a una güiri en pelotas salir de un baño.
Caminar 2,5 Km a las 8 de la mañana después de una noche de fiesta disfrutando del amanecer y de aire puro.
Quedarme dormido en un balcón.
El visionado de Toy Story 3.
Descubrir mi amor secreto por Dora la Exploradora y Patricio Estrella.
Liberar mi odio oculto (o no) por Macaco.
Idear una escala de sueño para medir cuan dormido llegamos a la oficina y promover una campaña para la erradicación de las coliflores.
Ver fuegos artificiales lanzados por un becario mientras en la playa de al lado estaba la misma versión manejada por profesionales.
Bromear con una amiga y su parecido acento al Esmirriao.
Entristecerme por 5 minutos y seguir adelante.
Asustarme en el momento en el que el recepcionista del camping, mientras buscaba nuestra reserva, dijo: “no quiero asustaros pero…”.
Quedar para tomar una horchata por la tarde y acabar haciendo una conga a las 4 de la mañana al son de la bilirrubina en un bar decorado con mosaicos de Lola flores.
Bañarme de noche en la playa.
Todos y cada uno de los discos nuevos que he descubierto.
Asistir de improvisto a una fiesta de la toga organizada en El Puerto.
Ser víctima de un secuestro en un intento por llevarme al camping a las afueras del pueblo utilizando un atajo. Perdidos en la inmensidad de la noche y por caminos sin señalización, con el coche en reserva y con un arsenal de alcohol como para 12 personas, mi único pensamiento era si no habría escondidos en el maletero una pala o un pico y si las jocosas amenazas de muerte de mis acompañantes no irían en serio.
Me gustaría hablar de una de mis adicciones. Confesarme drogadicto. Contaros el porque de mis cabreos y mis sonrisas. De como todo gira en torno a ella. De lo que durante años pasó paulatinamente de ser una sospecha a un comportamiento más, y ahora se ha convertido en una opción irreemplazable al levantarme por las mañanas. Pero no sé por donde continuar...
Me gustaría hablar de lealtades. De las pocas que tengo y de lo poco que la palabra significa para mí. Porque solo entiendo la lealtad como algo ciego... y eso solo puedo concedérselo a contadas personas... Pero ya hoy he decidido lo poco que tenía que decidir sobre este tema... y no tengo más tiempo para seguir hablando de ello...
Me gustaría hablar de mi forma de correr. De como ya no me controlo. Y de que es cierta la espiral, la fuerza centrífuga que de un momento a otro se pierde, la ceguera en el fondo y la inmensa cantidad de luces en el techo y las paredes que hacen que al despertar todo se recuerde divertido. Pero tengo la esperanza de serenarme algún día y no quiero alentar más los vientos...
Me gustaría hablar de una idea. La que la película inculca en la mente de otros y expande como un virus. El arma más poderosa que pueda existir. Y hablaros de que esa idea ya está en mi cabeza desde hace tiempo. Pero ahora mismo está en estado latente y no quiero despertarla...
Me gustaría más coraje en los momentos injustos. Que me muestren valentía si me quieren hablar de sentimientos. Y menos tonterías si no se trata de ser felices. Me gustaría hablar como solo la adrenalina vacacional te lo permite hacer. Pero ese efecto no durará mucho más y tengo que aprovecharlo...
Me gustaría haber dejado antes de escribir... pero no puedo callarme cuando solo yo estoy oyendo.
Cuando a las 10 de la mañana nos levantamos risueños, nada hacía presagiar la debacle de día que se nos echaba encima. No nos lo hubiésemos creído ni aunque lo pusieran por escrito. Al salir por la puerta, el bochorno era patente. Justo junto al hostel, en la 2nd Av. había una pequeña feria llena de puestos de comida. Habían incluso cortado la calle. Sacio mi antojo de fruta con un gran vaso de sandía.
Llegamos en bus (una vez más… fan fan) hasta Chinatown. El olor, los carteles, el tráfico. Todo muy agobiante. Un poco lo que ya esperaba pero intensificando las malas sensaciones por el incesante calor. Al pasar a Little Italy, el panorama mejora. Todo el tráfico esta cortado y los restaurantes ocupan la calle con sus terrazas y sus atenciones hacia el turista. Aquí también hay una pequeña feria pero el panorama tampoco nos llama tanto la atención. Enseguida decidimos pasar al siguiente barrio (tras una paradita para repostar agua), en este caso, el Soho. Nos colamos en una inmensa tienda parecida al mercado de Fuencarral donde disfrutamos sobretodo del aire acondicionado. Andrés no quiere irse. El paseo por las calles del Soho también nos decepciona pero salvamos la visita a una galería de arte del fotógrafo Peter Lik. Aquí no es solo el aire acondicionado lo que disfrutamos, las fotos son alucinantes. Pasamos toda una odisea para encontrar un sitio barato donde comer y al final acabamos en un Subway pasando incluso frío.
Estamos derrotados y la hora de la siesta (la cual ya parece que no perdonamos) se esta acercando, así que nos vamos al hostal, no sin antes, equivocarnos de dirección y andar medía calle (lo que en NY no es moco de pavo) en dirección contraria. ¿Qué nos pasa!? Estamos acarajotados. Tras un rato descansando cogemos el metro para llegar hasta el Madison Square Garden, un precioso edificio de correos y saciar nuestra curiosidad por el museo que fichamos ayer. Ripley’s Believe it or not! cuesta 30$. Más impuestos. ¿Increíble? Créanlo. Primera broma. Dentro encontramos un cúmulo de chorradas mezcladas con anécdotas inmejorablemente presentadas pero más dignas de un túnel del terror o atracción de feria que de un museo. Nuestra indignación es patente. A pesar de todo, pasamos un par de 2 horas entretenidas con las recreaciones y haciéndonos fotos, además de descubrir la sala del Black Hole (un túnel con una pasarela que cambia tu perspectiva hasta hacer que casi te caigas y debas agarrarte a la pasarela). Aún así, a la salida, la sensación de timo persiste.
Tras 10 horas de sueño, la alemana nos despierta como cada mañana dando zafarrancho de combate para meterse en la ducha. El móvil del koala suena 10 veces seguidas con una canción rap antes de que este se inmute y haga el más minimo gesto para apagarlo. Parece ser que se nos va hoy. De momento se ha sacado una plancha de no sé donde. Andrés duerme justo arriba… no sé si le hará mucha gracia. Vaya, la alemana ha cogido el secador. Andrés mira con recelo y se tapa con la sábana. Me va a costar abandonar esta ciudad.
Tras la previa en el Dunkin Donuts, el bus hacemos listas que hemos ido macerando durante todo el viaje. Al final podéis ver algunas de ellas. Nos dirigimos hacia el edificio de las Naciones Unidas. Las instalaciones de la ONU están bien, pero nos parece excesivo lo de pagar por un tour y más teniendo en cuenta el desembolso del día anterior. Vemos la entrada del Chrysler y luego ponemos rumbo a la Universidad de Columbia, Riverside Church y la tumba de Ulysses S. Grant. Nos encanta la tranquilidad del barrio. ¿Quién no querría volver a estudiar con un sitio así?.
Nos metemos a comer en un japonés donde se olvidan la comida de Andrés. El pobre esta muerto de hambre y mira el resto de platos con cierto deseo. El camarero nos explica algo que creemos entender pero no queremos entender: la comida de Andrés estaba mala y la estaban haciendo otra vez. Al final, descubrimos que lo que había pedido era arroz con pollo empanado (todo un manjar japonés para degustar con palillos) y lo que estaba malo (creemos) que era la salsa. A la salida volvemos al Midtown para una tarde de compras que apenas dura una tarde. Un tío intenta “regalarnos” un disco a cambio de una “contribución” para que pueda seguir grabando su música. Aróhome!!
Nuestro amado, aunque a todas luces desconcertante, Beauty Bar.
Tras dejar las cosas en el hostal, nos tomamos un respiro en la terraza y decidimos profundizar en la historia y el pasado del maravilloso East Village, nuestro barrio. Esto en cristiano significa que nos pillamos la guía y nos echamos a andar. Nos detenemos a ver un partido de béisbol callejero, descubriendo que no es tanto deporte como parece, y después nos colamos en una plaza habitada exclusivamente por mendigos. Paseamos junto a la cutrecasa de un mafioso y llegamos hasta St. Market Street, lugar de acogida de modernos y hippies y cuna de locales con infinidad de anécdotas que abarcan desde Yoko Ono haciendo performance hasta actuaciones de Iggy Pop o Velvet Underground. Después encontramos por fin la hamburguesería que se resistió ayer: Blue 9 Burguer. De nuevo alucinamos con las hamburguesas y su salsa de chile. Casi estamos tentados de repetir.
El siguiente paso es McSolerny Abe Pub, un local abierto desde 1854 que elabora su propia cerveza. Un chico en la puerta hablando por teléfono nos ve dubitativos y nos invita a pasar. Al pedir 2 cervezas a la camarera, esta nos pone 4 jarras. Intrigados, no dudamos en preguntar: “Why four”?; a lo que la camarera responde con un lapidario: “It’s traditional”. Ahí nos callamos y empezamos a beber. Nos echamos unas risas en el bar y por supuesto pedimos otra ronda. El ambiente es festivo para nuestra última noche pero el cuerpo no da para más. Nos despedimos del Beauty Bar, de Jacob el cual nos ha servido estupendas cervezas y ha recibido pocas propinas y enfilamos los 4 pisos de escaleras del Jazz on the Town. Intento realizar una excursión a la sala común la cual esta repleta y posteriormente a la terraza. La vista de noche sigue siendo impresionante…
Martes 8 Junio: “El del atasco en el JFK”
De nuevo los alemanes se ponen a madrugar. Yo termino mi maleta y apremio a Andrés para que se levante y podamos irnos rápido. Ayer por la noche descubrí que existe una tienda de la cadena HBO y quiero verla. La putada es que nuestro check out es a las 11, así que debemos estar de vuelta antes de esa hora para que no nos cobren de más. Al salir la tía del hostal nos mira con cara rara como diciendo: ¿A dónde coño os creéis que vais?.
Al llegar, Andrés esta comiendo un muffin y decidimos esperar. Son las 9:15. Al intentar abrir la puerta veo un cartel: Open 10:00 am. Menuda decepción. Hacemos tiempo por la zona comprando postales y a la hora volvemos. Veo la tienda en 10 minutos, dudo en comprarme miles de chuminadas y al final salimos pitando con las manos vacías para no llegar tarde al hostal.
Justo al salir conocemos a los españoles que habían llegado un par de días antes. Andrés se queda con el miedo en el cuerpo por un posible retraso del vuelo tal como les ha ocurrido a ellos a la ida. Para matar el tiempo antes de dirigirnos al aeropuerto decidimos volver al Blue 9 Burguer. Una hamburguesa por favor. 11 de la mañana. Saben riquísimas. De nuevo… a punto de repetir.
El camino al JFK esta lleno de paradas imprevistas y echamos nuestras 2 buenas horas para llegar. Tras dejar las maletas y darnos una cutretarjeta de embarque que ríete tú de la seguridad de los aeropuertos, pasamos el control y nos metemos en los duty free, donde un señor, al ver nuestros ojos como platos ante botellas de Jack Daniels gigantescas, se acerca a intentar vendérnoslas. Iluso. Tenemos los dientes largos pero los bolsillos vacíos. Pensamos en formas de deshacernos de las jodidas monedas. De nuevo pensamos en comer… ¿Qué nos pasa?. Pizza y nuggets.
Deliciosas Blue 9 burguers a las 11 de la mañana.
La larga espera la empleamos en rellenar postales y ver nuestros caretos en las fotos. ¡Anda, si esta jugando España! Empieza a romperse la burbuja del turista y a llegar el flujo de información desde el exterior. Cuando realizamos el embarque nos miran la tarjeta con un poco de asco y el pasaporte no tenemos ni que abrirlo. Como se nota que nos vamos… En el avión nos comunican que vamos con retraso, pero no nos importa. Andrés ha hecho una amiguita y se está hinchando de hablar inglés. Lo que no sé es si realmente quiere hablar inglés o es ella la que no lo deja. Yo me hago el dormido mientras pienso en la doble sesión de pelis que me espera. Algo del reino de los dientes y Guerra de Novias.
Continúa el tráfico de aviones en la pista de despegue y ya va para una hora. Esto parece el nudo de manoteras a las 8:30 de la mañana. Uno de los aviones desiste y se da la vuelta. Vemos a Mahoney (Loca Academia) haciendo prácticas del coche por en medio de la pista. Menudo atascazo se esta formando en le dichoso aeropuerto. Si lo llegamos a saber pedimos la tarde libre y nos vamos por la mañana (broma MGO).
Al despegar comienza la vuelta atrás a la realidad. Se han lucido con las peliculitas desde luego… menuda basura. Ni siquiera conseguimos dormir… al aterrizar solo hay nubes. Madrid esta gris para recibirnos. No podía ser de otra manera.
EPILOGO: “Jet Lag”
El jet lag se pasó durmiendo unas 5 o 6 horas al llegar a casa y descansar el resto del día. Las fotos calmaron las ganas de revivir muchos momentos. Y comentar las anécdotas con la gente es un ritual que también ayuda a mantener la sensación de estar allí. Pero supongo que como después de cada viaje… no seremos conscientes de lo que hemos pasado hasta olvidarnos de él y recordarlo cuando cualquiera de las bromas que hemos compartido aparezca de repente y sin previo aviso. Ha sido un gran viaje. No puedo añadir nada mejor.