viernes, 17 de junio de 2016

Apocalipsis



Es extraño ver tanta luz resaltando en mitad de uno de los días más soleados de la primavera. Como una estrella fugada de la penumbra de la madrugada, aquel pequeño circulo relampagueante apareció en el cielo casi de la nada, pero al contrario de lo que todos dábamos por hecho, no se perdió con las nubes. El aro de color verde siguió aumentando su intensidad y empezó a acompañarlo una estela en forma de dos rayas rojas que marcaban su trayectoria. Su permanencia en lo alto del horizonte a medida que pasaban los minutos, no dejaba dudas sobre que algo extraordinario se acercaba. 

Una vez asimilado que había llegado para quedarse, las noticias en todos los medios empezaron a aumentar en número, intensidad y demagogia. Los especialistas aparecieron en cada tertulia para dar su única y verdadera opinión. Las masas respondían a los micrófonos cual expertos en el tema. Los consejos empezaron a volar a mi alrededor, incrementando el sonido ambiente, el ruido de la calle, borrando la quietud de mis días hasta casi dejarme sordo. Las proclamas eran claras. Las advertencias, ineludibles. La vida, tal como la conocía, iba a desaparecer. Y todo a mi alrededor, en una mezcla de excitación que oculta el terror, parecía saberlo a ciencia cierta. A pesar de mi escepticismo.

Las horas fueron pasando. Las carreras, las prisas, los aprovisionamientos. El mundo sabía exactamente como debía reaccionar en una situación así. Pero nadie parecía acertar del todo. Porque la verdad es que las horas se convirtieron en días, los días en semanas y las semanas en meses. Aquel aro encontró un tamaño estable, una luz sostenible y se mantuvo en su sendero durante largo tiempo. Nada de eso cambió las reacciones en la sociedad. Sin embargo… a mi me dio paz.

La primera mañana de verano salí a pasear a un enorme parque a las afueras de la ciudad. Casi como en un precioso encuadre de alguna antigua película en blanco y negro, terminé la caminata en un rocoso montículo coronado por un viejo árbol y un banco abrigado por su sombra. Me senté a contemplar la luz verde. Desde su aparición, cada hora del día simulaba un eterno amanecer.

Sin duda, resultaba extraño. Estaba a la vuelta de la esquina. Debería hacer caso a todos, saber que no había escapatoria. Aquella anomalía en nuestras vidas, traía la destrucción a raudales. Alertaba mis miedos para que estuvieran en guardia. Y sin embargo, los días pasaban con pasmosa tranquilidad y rutina. Como ajenos a todo aquello. Mi cuerpo no era consciente. Mi mente no era consciente. Mi corazón apenas lo era en ese instante.  A pesar de saber a ciencia cierta que era inevitable. Quería sentir. Tan solo que no podía. Estaba demasiado lejos. Pero tenía fe en él.

En estos días, ando cuando todos corren. Callo cuando todos gritan. Y abro los ojos cuando todos se cubren. Sé que el momento de sentir llegará. Sea miedo, alegría, pánico o felicidad. Cuando deba de activarse, mi piel me lo dirá. Pero por ahora, la fascinación por ese aro no lo es todo. Todavía no ha movido ni un ápice de mis rutinas. De mi comportamiento. De mi amor.


Me siento como un bicho raro en medio de este parque.


lunes, 21 de marzo de 2016

El último gramo de sal



Hay un algo especial en los días soleados.

La luz grabada en las retinas. El aroma preso en la memoria. El tacto intensificado de los ojos cerrados. El ruido silenciado de la calma. El último gramo de sal en la yema de los dedos.

Pero hay que querer verlos. Olerlos. Tocarlos. Escucharlos. Saborearlos. Porque si no… pasan de largo cual días tristes.

No me andaré por las ramas. Lo que quiero decir es que a la vida hay que sonreírle. Hay que verle el lado bueno. Hay que forzarse a ser positivo. Por no dejar que las excusas, los miedos y lo negativo invadan nuestros días y se apoderen de todo. Citando, recuerdo que la belleza está en los ojos del que mira. Pero se aplica igual a este panfleto. A golpe de tópicos se construye una forma sana de vivir… consciente de las deficiencias del camino, pero que a pesar de ello, alienta las ganas de transitarlo ilusionado hasta el final.

No sé en qué punto grabé a fuego esa constante en mis días...
quizá fue mi familia… mis padres y mis hermanas… 
quizá fue mi entorno… Cádiz y su forma de entender la vida… 
quizá fuera la compañía… infinitud de amigos que se han quedado a mi lado… 
quizá fue el amor… las cicatrices que marcamos y hoy disfruto...
quizá haya sido innato… así es la naturaleza… 

Yo pretendo despertar sonrisas. Querer ser feliz a pesar de todo. La vida debería ser eso. Pero a veces ella no lo sabe… o se olvida. Y hay que convencerla. Hay que hacer esfuerzos para hacérselo ver. Y yo solo sé una manera de hacerlo. Y es decirlo.

En mi día a día, yo marco mi actitud. Mi actitud marca quién soy yo… mi yo marca mi área de influencia… y mi área de influencia… me marca a mí. Indefectiblemente. Es un círculo… del cual yo soy parte responsable. Muy responsable. Y más sabiendo que este círculo empieza a crear ondas cual piedras en el lago… afectando la vida de los que me rodean, incluso algunos a los que ni siquiera conozco, pero con mayor impacto en los que tengo a mi vera, los que más quiero.

La ingenuidad en temas de alegría y felicidad está muy mal vista por un cinismo casi institucional, mediático… globalizado, el cual no encaja con el tiempo que tenemos. Y mucho menos pensando que el tiempo es una de esas variables que jamás controlaremos. Por eso es importante ser consciente de la calidad de nuestras horas.

No infravaloro, nunca. No ignoro la gravedad. Pero relativizar siempre es importante. Me ayuda a no bloquearme. A tomar un paso atrás para ver con perspectiva que es lo que en un momento dado, está poniendo trabas a mi objetivo.

Guardar el lado negativo, la queja, no me da soluciones. Ingenuamente siempre suspiro antes de preguntar; ¿y qué podemos hacer?. Ingenuamente siempre busco un desafortunado chiste que desdramatice cualquier situación. Porque es difícil sobreponerse cuando la oscuridad es abrumadora. Y siempre es más fácil con ayuda.

Pero nosotros damos el último paso. El que quiere ver. El que busca luz. El que sueña despierto. La felicidad es una obligación. Una que podemos contagiar en cualquier momento. Un convencimiento al abrir los ojos. Una satisfacción al cerrarlos. Una lucha diaria, constante, infatigable. Este mundo no necesita más rendiciones injustas.

Y ahora, dejadme aportar algo más…

Hay un algo especial en los días de lluvia.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Cerrando mi maleta



Hoy, mientras cruzaba la ciudad, he tenido la extraña sensación de estar rodeado de maletas. Pensándolo fríamente, es normal dadas las fechas y que me muevo entre andenes y estaciones de autobús. Es como presenciar una especie de extraño exilio. En esta ciudad, cada día más dormitorio, la sensación de hogar en Navidad es menos intensa que lo que dicen sus luces, así que seguimos saliendo a buscar esa ilusión infantil en otros sitios más familiares. Aunque supongo que es un problema endémico de las metrópolis.

A pesar de todo, entiendo que es la época de hacer maletas y no tengo ningún reparo en reconocer que yo soy el primero que llegada la fecha de caducidad, se pone a vaciar el armario buscando lo mejorcito, para llevármelo conmigo. Por suerte un año más, tengo muchas baldas donde elegir:

He guardado el día 25 de julio. Completito. Y todas y cada una de las palabras que pude retener en ese precioso recuerdo. Todas y cada una de las caras de los que estuvieron con nosotros. Me he guardado una preciosa imagen de una preciosa mujer a la que amo… caminando hacia mí con una sonrisa tan bonita, que solo puedo suspirar cada vez que la veo… he guardado los ecos y las ondas de los días cercanos a la fecha… y el murmullo de meses de preparación…

He metido un diario de viaje que me llevó por la costa oeste… por valles y montañas, por carreteras eternas y orillas infinitas, que me traslado por ciudades y lugares con los que hacía tiempo que soñaba encontrarme… una experiencia doblemente fascinante por la personita que estuvo a mi lado al volante durante esta aventura…

He incluido un repertorio de carnaval dedicado a mis queridas "galeras". Porque ellas me hicieron respirar como un gaditano más en su tierra… como si nunca me hubiera marchado… y me reí y disfruté como un niño cantando chirigotas y pasacalles…

He reservado un hueco para un discurso de boda compartido con los amigos donde todos “lo vimos”… y una copla más al anochecer.

He guardado un viaje a Salamanca. Y como de feliz me sentí a pesar de la debilidad de aquellos días… como se me ensancha el corazón cada vez que pienso en esos 10 caballeros… y en el sabroso cansancio del viaje de vuelta.

He precintado todos los amigos que se han quedado conmigo este año. Y le he hecho hueco a los pocos que se han querido venir a mi vida. Son los momentos más hermosos que guardo... con todo mi amor, se lo agradezco.

He archivado las imágenes de mis caras de asombro ante las bonitas noticias que me han ido anunciando. Algunas ya llegaron, víctimas de 9 meses de gestación, otras se materializaron tras meses de preparación (más y más campanas de boda), o de estudio (esas velas por el inglés y el carnet) y otras se avecinan cargaditas de ilusión.

He incluido un logo nuevo para el Birratour más multitudinario que recuerdo. Y una pequeña esquina, para albergar un poco de orgullo por formar parte de algo que crea tan buen rollo.

Me guardo un nuevo Monkey Week. A mis Eramus y sus visitas. Mis momentos Lego. Una feria más. Las mañanas de domingo. Las películas que no me duermo. Las jornadas gastronómicas. Las fiestas del pasaje, ya sean cumpleañeras, de disfraces o para pasar la resaca. Las noches de baile. Las tardes de Risk. Las cenas con velas. Las llamadas de teléfono. Las mañanas de regalos. Los conciertos de jazz sin pagar…

He intentado apurar hasta el último resquicio de mi maleta… porque hay tantas y tantas cosas buenas que guardar en este 2015… que no quiero dejarme nada fuera… Imaginad lo que me va a costar cerrarla antes de llegar a la cola de facturación.

Por otro lado, me he comprado ya la del año que viene… jodido lo del tamaño, porque uno se pone a pensar en todas las cosas que querría meter, y se te puede ir de las manos… más risas, más sueños, más cariño, más amigos, más fotos, más vida… siempre soy ambicioso en sueños.

De todos modos, en esta me he dejado un hueco grande. Para la salud de los míos. Quizá el año pasado no guardé el suficiente espacio, y en este 2015 lo he pagado con más de un susto. Así que no quiero que me vuelva a pasar.

Visto lo visto, entiendo el trajín de maletas que me encuentro por las calles. Si pesan tanto como la mía… pueden darse por satisfechos.

Por último, he tomado prestada una cita de este año. Una que quiero llevar presente cada día… en cada momento… para que no haya excusas… y por eso en vez de en la maleta, le he reservado un hueco en la cartera…

“Es mucho más fácil ser feliz. Mucho más fácil elegir amar las cosas que tienes, en vez de quejarte siempre por lo que te estás perdiendo. O lo que sea que imaginas que te estás perdiendo” 
(Meryl Streep en 'Cosas que importan')


No es tan difícil.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Abre la muralla




Canta el peso alegre en mi ropa
Huye el brillo de mis gafas de ver
Pierde los nervios la tranquila fachada
Y enfurecen las horas lo que nunca ha de ser

Hay un camino de baldosas amarillas
Por el que me acompañan la paja y el metal
Y no consigo hacer grande el suspiro
Sin restar y restar, mi forma de pensar

No se si es miedo o desaliento
Si desconfianza o sinrazón
Si es fortaleza o es coraza
Si subir o bajar el telón

Llevo baños a oscuras
A plena luz del sol
Temblando bajo las aguas
Sacudiéndome el dolor

O no es dolor sino angustia
O no es angustia mas allá
De lo que piensen mis dedos
Si no los pongo a cantar

Me hace bien el correr por las calles
Me hace bien el saltar y el gritar
Debería empezar pronto la carrera
Para tranquilo al fin poder andar

A veces callo y a veces vibro
A veces compro y a veces dudo
A veces busco y a veces duermo
Y las luces se funden... y en mi banco mermo

Siento el ímpetu de la canción
Siento las ganas y el resistir
Pero me pregunto si hay más soluciones
Si guardar la muralla o salir a vivir

viernes, 11 de septiembre de 2015

Fidelidad


He escrito muchas veces cuanto me alejo de lo que siento que debo ser. He reivindicado otras muchas por lo que creo que es correcto para mi corazón. He dejado volar mi mente lejos mientras construía mis piezas a base de sentimientos. 
Para que encajasen con bordes suavemente redondeados. 
Sin aristas.

Pero es verdad que nunca he dejado escrito la raíz. No lo tengo en palabras. Quizá no sea necesario en la mayoría de las ocasiones… pero es lo que predico y recomiendo cuando la olvidadiza memoria sabotea las buenas intenciones de los que tengo alrededor. ¿Porqué debería ser diferente en mi caso?. Es mucho más fácil olvidar lo que negamos haber pensado, que lo que nos va a martillear la vista a base de conciencia escrita con nuestras propias palabras. No nos engañemos. Es una frase hecha. Una frase fantásticamente construida. Somos los más mentirosos y los que más tenemos que perder.

Por eso la gente que vive con la consciencia marcada por lo acertado de todas sus decisiones (independientemente del carácter moral que pueda asignárseles), van a vivir horas mucho más felices. Este párrafo es tan neutro como mis dedos me han dejado escribirlo. Por que yo no soy así… evalúo, medito, pienso, dudo… pero tenía que escribirlo. Para llegar a ello. Un niña me dijo una vez “no te arrepientas de las decisiones que tomes, sino de las que no”. Y me ayudó mucho a estar en paz. A ser feliz en mi día a día. Así que procuro serle fiel a aquella niña y a lo que me enseñó.

Yo creo en la bondad de las personas. En la buena gente. Y para creerlo de forma ciega e incondicional, intento cada día ser algo parecido a eso. No hay más. Esa es mi fidelidad. A ese axioma. A esa creencia. A esta simple y efectiva verdad.

Pero me equivoco. Y me olvido. Y a veces veo actos horribles y alzo la voz. Y otras muchas veces me ahogo en mi silencio. Y a veces veo la oportunidad de ayudar. Y otras pocas veces miro hacia el suelo. Y a veces lloro por no poder alcanzar a tiempo a todos los que quiero. Y a veces me guardo mi espacio y lo protejo contra la misma brisa de la tarde que pueda venir a importunarme.

A veces tengo actos que algunos llamarían de bondad. Y solo puedo dormir bien si soy capaz de sentir que no había otra forma en la que mi yo inconsciente habría actuado. A veces esos actos son producto de una decisión meditada… y entonces me empeño en hacer lo correcto y no mirar atrás. A veces soy caprichoso y no estoy donde debo estar y mi sonrisa se esconde tras el sofá y se enfada conmigo. Esas veces… no me gusto.

Digamos que siempre he puesto una línea recta en mi camino. Y procuro jugar a ser funambulista y no sacar mis pasos por excursiones que no me interesan.

No me reconozco en el espejo. Es otra frase hecha. No se si tan bien hecha. Porque parte de una asunción: que todos sabemos claramente como somos. Y da por hecho que de repente un día esa imagen ha cambiado radicalmente. Y obvia que los cambios, salvo desgracias, son progresivos, pequeños, en voz baja… a pasitos. Esas excursiones que nos alejan de la línea. Y habría que ser muy obtuso para pensar que no nos estamos dando cuenta. Yo creo que si. Pero por miles de razones, buenas o malas, no tomamos la rienda lo suficientemente fuerte. Y entonces un día, con nuestra foto de hace diez años en la mano… llegamos ante un enorme espejo y ponemos cara de no saber que ha pasado.


Ser fiel a uno mismo es inherente a ser honesto. Y pongámoslo por escrito. La honestidad hoy en día se matiza demasiado a menudo. Y eso no tiene nunca un buen final. Ya lo decía Calamaro. La honestidad debe ser brutal. No es una virtud... es una obligación. O cambiémosle el nombre.