lunes, 1 de febrero de 2010

El vapor

Este es un relato que escribí hace algo más de 4 años como regalo para mi buena amiga Cova y está basado en una anécdota real. Como siempre que rescato algo, se publica con todos los fallos que en su día pudiera tener. Así que para quejaros... tendréis que hablar con el que era entonces...


El Vapor

No sé exactamente la edad que tendría ahora. Supongo que rondaría la centena. A estas alturas ya hace mucho tiempo que los años son tantos y no piedras. Pero tampoco estamos hablando de alguien a quien el destino le guarde una prórroga. Sin el océano cerca… difícil concebir la vida de un barquito de vapor. Y solo se quedará cerca mientras pueda pasear por sus aguas, mientras sea útil, mientras todavía contagie alegría. No hablo de un cuento. Ocurrió… supongo que hará ahora un siglo.

El vapor nació bravo. No estaba destinado a aguantar en tierra ni un minuto más de lo necesario. Pero en su parto hubo complicaciones. Fue construido en un taller del corralón de la Antigua Catedral del, entonces, pueblo. Se puso cuidado y mimo, sudor y llantos, se desnudaron noches y abrazaron días para que pudiera salir. Al fin y al cabo, el pueblo vivía de eso, de sus barcos, de sus astilleros, esa era su vida.

En la mañana en que el vapor abrió sus ojos, se encontró con la realidad. Esa de la que apartamos la mirada si no nos sonríe como esperamos, a la que le cerramos los ojos si nos grita palabras feas, a la que le damos la espalda si se acerca demasiado. Su corralón, su taller, donde ahora respiraba entre martillos y suspiros, estaba lejos de su ansiado océano. Casi un kilómetro de distancia. Quizá para nosotros no sea mucho. Quizá para él, tampoco quisiéramos que lo fuera. Llámalo coraje, impotencia o como quieras, pero venía en el paquete al nacer. Todos lo sufrimos.

El vapor no se amedrento. Ellos no lo dejaron. Sus casi veinte padres estaban para apoyarle. Se tuvo que tirar un tapia del taller para sacarlo de allí con un sonrisa en la proa. Su casco terminado, la cubierta reluciente, su timón y su hélice brillando al sol de esa mañana. Éste tampoco suele fallar. Una veintena de hombres, además de los operarios que trabajaron en él y la curiosa chavalería que rondaba la zona, fueron necesarios para ponerle sus zapatos nuevos. Dos plataformas de 8 ruedas cada una, hicieron de soporte al pequeño de 18 toneladas. A pesar de lo complicado de la operación, nadie pudo resistir el pensar en lo insólito del momento. Aquél vapor iba a hacer historia.

Durante las siguientes horas, nuestro barco se durmió. El vaivén al que le mecían, la nana del viento que secaba su pequeña capa de color, y el cariñoso griterío en el que se vio envuelto, no hicieron más que acompañarlo hasta que sus ojos se cerraron. Soñó entonces con su recorrido, con su nueva vida, en los viajes que emprendería. Soñó con Marruecos, con Lisboa, soñó que en dos días cruzaría el charco y sería recibido en “La Argentina”, envuelto en mojadas nubes blancas y sal y rodeado de la brisa. Mientras él viajaba, más allá del puerto, era arrastrado por las estrechas calles del pueblo. Tardaron toda una tarde en llegar hasta la calle San Juan de Dios. Una vez allí, mientras los hombres tomaban aliento y algún que otro bocado, el traslado se interrumpió para dar paso a los tranvías que venían de Extramuros. Al filo de la media noche se reanudó la faena. La fiesta no era la misma. Los pocos que habían ayudado hasta entonces retornaban a sus casas en busca de calor. De noche… todos somos pardos. La continuación hasta la siguiente plaza tardó casi toda la madrugada. Allí, se despidieron de él hasta el día siguiente. El vapor durmió profundo como solo un recién nacido sabe hacer. Irradiando vida con cada latido. Y toda la ciudad en su descanso, cambiando para siempre después de una sola noche.




Al día siguiente fueron los periódicos los que se levantaron primero. La gente se agolpaba en los balcones de la plaza para ver el espectáculo. Ocurrió que, el por aquél entonces alcalde, se asomó a contemplar el amanecer un segundo antes de empezar con su jornada, y encontró sin querer lo que todo el mundo se moría por ver. Sorprendido, en la primera hora de la mañana, ordenó que no se reanudaran las labores del traslado. El pueblo era casi tan mayor como la impaciencia, y el alcalde temía que el alcantarillado de las calles no soportara el peso del barco.

Diez minutos después era el sereno, maestro de abuelos, el que daba la orden a los padres de nuestro amigo. A pesar de insistir y de demostrar que todo estaba en regla, no pudieron hacer nada para convencerle. El vapor se despertó en medio de la trifulca. Tumbado como estaba, no podía ver lo que estaba ocurriendo. Solo escuchaba gritos y voces. Unos decían que era mejor parar, otros que era mejor seguir, esperar, continuar, callar, hablar… era demasiado joven para comprender. Su única preocupación eran sus ganas de llegar al océano.

Entonces bajó el alcalde. En medio de aquella pequeña plaza, junto a la sombra de un gran barco a mediodía y después de mucho pensar, resolvieron llamar al ingeniero municipal para que comprobara si era seguro o no el traslado. En medio de todo el barullo, la ciudad se hizo más curiosa. Aparecieron gentes de todos los barrios, niños y renacuajos, jóvenes y viejos… El vapor pudo llegar a sentir calor.

Sin embargo, las horas pasaron y el conflicto no se resolvía. Hubo reuniones en el ayuntamiento para encontrar una solución rápida, para obtener los permisos, pero todo fue en vano. El barco tendría que pasar otra noche más allí.

Se durmió intranquilo. Como si estuviera enfermo y cansado. Pasó frío. Soñó de nuevo con sus rutas. Cuantas veces repetimos lo que queremos cuando somos pequeños… con cuanta fuerza lo deseamos. Con que rapidez perdemos la pasión. Nuestros miedos también lo dicen. El vapor volvió a Argentina. El viaje fue tan placentero que no se dio cuenta de su llegada. Allí se vio iluminado por bombillas de colores que colgaban de cuerdas que lo rodeaban. La noche no tenía lunas pero iba sobrada de estrellas. Escuchó tangos… y contemplo el baile de dos niños al son de la música. En poco tiempo se encontró rodeado de muchos más. Niños pobres y ricos que todavía no sabían como se mide la propia riqueza. Todos querían bailar en su cubierta. Algunos se fueron hasta el timón y jugaron a los piratas. Otros correteaban por los pasillos y se escondían por los pocos camarotes que encontraron. De repente el sol apareció y borró la fiesta, los juegos y la música. El vapor fue arrastrado hasta la mitad del Atlántico y allí, le sorprendió la tormenta. Gritos y más gritos llenaban su pequeño cuerpo de agua que le hacia estremecerse. Quiso despertar… cerró los ojos con fuerza y lo pidió una y otra vez sin escuchar nada más. Cuando los abrió de nuevo, su mirada encontró un rumbo nuevo. Alcanzar el sol que le guiñaba desde el horizonte… a través del océano más pacifico que contempló nunca. Y se dijo que porque no. No hay metas lejanas. Pasó el resto de la noche viajando hacía su nuevo sueño. Uno más. Porque nunca hay suficientes.

Al atardecer del segundo día llegó el informe del ingeniero. Había estado enfermo y ni siquiera había salido de su casa para comprobar la situación, pero decía que el tramo más peligroso ya había pasado y que con las planchas de hierro que se estaban utilizandopara repartir el peso, sería más que suficiente. No sé que brisa llegaría hasta la habitación del ingeniero. Pero seguro que olía a mar y sonaba a crujir de olas reclamando lo que les pertenecía. Las fábulas son así. Todos conspiran para que salgan bien.

Rápidamente, todos se pusieron manos a la obra. El ajetreo despertó al vapor. Quizá alguien viese como se balanceaba de un lado a otro de impaciencia. Durante toda la noche y gran parte de la mañana condujeron el barco hasta los muelles. Esa noche nadie durmió. Ni los curiosos, ni padres, ni barco, ni alcalde. El cariño de algo así se lo impedía. Se cantaron canciones para animar a los hombres que trabajaban. Comida, agua, conversación… Nunca hubo un parto más difícil. Nunca hubo un hijo más deseado. El pueblo parió su vapor… sudó para ello, vivió tres días para ello.

En los muelles, la gran grúa flotante Hércules les estaba esperando. Al llegar, el vapor le saludó y la grúa le devolvió la mueca. Era media tarde pero ni siquiera el hambre quiso estropear el momento. Con gran cariño, las cadenas de la grúa envolvieron el barco. Hubo que retirar a gente para no entorpecer el trabajo. Entonces la grúa empezó a mecerlo. El vapor estaba muy emocionado. Sus lágrimas llegaron al agua antes que él. Los júbilos quedaron ahogados por su risa. La grúa le pidió tranquilidad, todavía quedaba la parte complicada, pero él no podía evitarlo. Sabemos que algo grande nos va a pasar. ¿Quién calma nuestra alegría? ¿Donde están las barreras que no podamos saltar en ese momento?.

A las tres de la tarde, el agua acarició su lomo. Sintió un escalofrío e inmediatamente se llenó de calor. Salió de su sueño, haciéndolo realidad. No hicieron falta palmaditas en el culo para despertarlo. Estaba cayendo más y más. Las cadenas se soltaron y haciéndole cosquillas, desaparecieron y lo dejaron solo. Por un momento temió hundirse, no ser lo suficiente para estar allí, no merecerlo… creyó que el océano se lo tragaría… ¡que sus sueños solo eran sueños! Pero solo fue un momento. Siempre tenemos esa mano que nos empuja hacía arriba. Que nos levanta, que nos guía y nos sostiene cuando pesamos demasiado… un momento antes de vaciarnos del aire contaminado que nos inunda… Una vez las fuerzas de la naturaleza hicieron su trabajo, el vapor suspiró, y su suspiro resonó en todo el pueblo. Los gritos de la multitud resoplaron más que el levante. Ese día la alegría fue verdadera. Y al verla… el vapor sonrió.

Fue niña y su nombre es el tuyo. Le llamaron… Covadonga.

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