Es difícil forzar la memoria.
Ella es caprichosa como un niño frente a un escaparate.
Yo tengo una pequeñita que se enfada de vez en cuando. Y me cierra la ventana cuando más aire fresco necesito. Sin embargo, los días que me permite entrar... es como el más barato de los billetes de avión. Y allí esta todo lo que alguna vez me ha hecho feliz.
También esta decorado por malos recuerdos, pero siempre en las baldas más altas de las estanterías, para ser los primeros en caer.
A veces me creo expectativas en ella. Y la vida se encarga de entretenernos para no llegar a tocarlas. Intactas. Y el salón queda entonces lleno de cajones vacíos que había reservado. Pero eso la memoria no lo sabe, y lo guarda todo como testaruda que es. Y al llevarse mal con el corazón... que más le da uno que otro... todo es válido para ella.
Tengo recuerdos que son cuadros en la pared. Y es fácil que a menudo me encuentre parado mirándolos. Otros son la caja de zapatos que se esconde bajo el sofá. Y acumulan polvo y polvo.
Hoy, estrictamente, oficiaré 26 años (aunque sean algunos menos) decorando mi memoria. Esculpiendo cada una de sus paredes. Y lo bueno es que nunca he podido, ni sabido ni querido hacerlo solo.
Hoy ni siquiera tengo expectativas. No necesito huecos. Sé que la fiesta llenará cada rincón con cada una de sus caras.
Nunca me lo había dicho antes. Y no veo porque debe resultar extraño. Nadie lo desea más que yo.
¡Feliz cumpleaños, Argan!




