
No sé si has tenido en tu vida la gran suerte de disfrutar de un Erasmus en algún país extranjero. Los que la tuvimos ahora compartimos algo sin saberlo, un mismo sentimiento que nos inunda de vez en cuando. No sé, podría definirlo así de forma simple como una especie de ligera tristeza, una melancolía de una cosa que pasó y que nunca de nuevo, por las circunstancias de la vida, vas a poder volver a vivir.
Pero, ¿por qué este sentimiento? No sé, uno puede pensar que una estancia en el extranjero es algo innecesario, porque con lo bien que se vive en España para que molestarse en ir a cualquier otro sitio de Europa donde probablemente haga frío, no haya tanto sol y la vida social no sea tan intensa. Pues a priori puede que sea así, pero si eres como yo, una persona con este tipo de inquietudes personales y has vivido una experiencia similar sabes de lo que hablo.
Una estancia en el extranjero, sobre todo en la vida de un estudiante, es algo especial. Es una mezcla entre volver a ser niño (pues vas allí a descubrir una nueva cultura, a aprender un nuevo idioma, a conocer a gente muy dispar, con diferentes formas de pensar, de ser, de vivir…) y madurar... pues estás solo, muy lejos de casa, en un país inhóspito, donde por primera vez sientes que eres más dueño de tu vida.
Pero, ¿por qué es esto así? Supongo que porque sabes que es un año y que la vida hay que disfrutarla al máximo, pero también porque la presión exterior no es demasiado grande. La responsabilidad se difumina, estás lejos de casa, las clases tampoco son muy intensas, no hay que currar a diario con un estricto horario, no debes soportar a un jefe cabrón, etc…
Y así va pasando el tiempo hasta que se acerca el final y no te sientes del todo bien porque lo ves, está ahí, solo queda un mes. Conoces las fechas de los vuelos de tus amigos, con los que has compartido tanto y esa felicidad se torna en tristeza. Las despedidas se encadenan, las lágrimas, las promesas de nos volveremos a ver…
Ya hace tres años de esa gran etapa, sinceramente uno de los mejores años de mi vida y del que saqué cosas de las que nunca me olvidaré. Conocí a gente maravillosa y con la que sigo teniendo contacto. Muchos de ellos me los he vuelto a encontrar y seguimos quedando habitualmente para hacer cosas, hablamos, reímos, bebemos, bebemos, bebemos…
Sin embargo, a veces pienso que ya no somos iguales, sobre todo cuando miro las fotos de aquel año. Hoy, hemos perdido parte de la frescura, de la felicidad y la ilusión que teníamos. La vida sigue, nos empuja, nos curte, nos apremia, nos dice que ese año ya es sólo un recuerdo, que no fue del todo real…
Y es así, es un sentimiento que conocemos todos los que hemos sido "Erasmus". Lo supe cuando mi amigo Argan me enseñó el videomontaje de su año en Manchester, muy emotivo e incluso triste, pero muy, muy parecido al que habíamos montado nosotros un año antes.
Julius,
¡¡Muchísimas gracias tío!!



