lunes, 9 de agosto de 2010

Diario de a bordo: Nueva York (Parte I)

De nuevo retomo la sección de Diarios de a bordo para contaros una de mis últimas excursiones. Un buen día, tras deliberaciones breves pero intensas, Andrés y yo nos liamos la manta a la cabeza y decidimos poner rumbo a la ciudad de los rascacielos en una intensa semana de vacaciones del mes de Junio. La historia de como llegamos a tan prematura decisión y todo lo que aconteció hasta nuestra marcha es objeto de otro diario / análisis aparte. Algún día quizá, pueda ver la luz. Hasta entonces, os dejo con la primera de las 3 entregas de nuestra semana en la Gran Manzana. Enjoy it!!

Andrés y yo. Efectivamente... llegamos a New York.


Miércoles 2 Junio: “El de la casi pérdida del pasaporte de Manu”

Son las 6:00 de la mañana. Dolor de oído y de garganta. Cojonudo. Empezamos el viaje a pastillas de ibuprofeno.

Tras un ligero despiste en la planta de encuentro, Andrés y yo nos encontramos (somnolientos al menos) y nos disponemos a realizar la facturación. En la cola, un representante de American Airlines nos somete a un exhaustivo interrogatorio a cada uno. Esto promete. Andrés sostiene que deberían incluir preguntas tipo: “¿Ha comido usted nocilla con morcilla? ¿Ha combinado alguna vez camisa naranja y pantalón celeste?. En ese caso puede volar pero con la etiquete de bicho raro en la cara”.

A las 8:31 de la mañana mientras desayunamos, un Jack Daniels viene a la mente de Andrés. Quizá vamos demasiado rápido. En el avión nos dan aperitivo y almuerzo continental. La putada es que todo lo sirven antes de las 11:30. No sé porque, pero creo que el resto del vuelo vamos a pasar hambre. Estamos ahorrando la última galleta. Al menos hemos visto a nuestra primera celebridad, el magnate John Hammond.

Una vez aterrizado el avión, el interminable camino hasta nuestro hostel tiene varias etapas. La primera de ellas ocurre cuando sufro un ataque de pánico en la misma cola para pasar la aduana al no encontrar mi pasaporte. Durante 2 minutos pensé en que me volvía, en que dormiría 7 días en el aeropuerto cual Tom Hanks en la terminal, en que tendría que hacer todas las fotos de aviones y tiendas de duty free… Por suerte apareció y el trámite de las preguntas fue pan comido.

En el metro hacia Manhattan nos saltamos la parada en la que debíamos hacer trasbordo. Solitarios, cargados de maletas y perdidos en una inhóspita estación de metro, ahora el que sufre en silencio es Andrés. Una vez reubicados, llegamos a la estación con más negros por metro cuadrado que hayamos pisado nunca. Y la putada es que no podemos preguntar porque todo parecen sonidos guturales para nosotros. No entendemos nada.

Casi rozando las 3 de la tarde (hora que pusimos de llegada), nos plantamos en el hostel. La verdad es que los cuatro pisos de escaleras abombadas que nos toca subir no presagian nada bueno. De nuevo viene a nosotros la imagen de John Hammond y su famosa frase: “No hemos reparado en gastos”. Al menos las ratas solo las hemos visto en el metro.

Quizá a las 2 de la mañana para nosotros pero las 8 de la tarde para los neoyorquinos, decir que nuestro día ha sido largo esté de más. Pero es que ha largísimo. Después de comprobar como el Mcdonalds sigue siendo igual de caro al otro lado del atlántico, decidimos dar un paseo por Union Square para subir luego por Park Avenue. Nuestras caras iban expresando perfectamente en cada cruce la fascinación por la cantidad de rascacielos que nos rodeaba. Tomamos un abarrotado metro para descubrir Central Station desde dentro. Al salir tomamos la calle 42 a mano izquierda para contemplar el Edificio Chrysler y continuación poner rumbo a la Biblioteca Pública de New York y sus impresionantes salas. A la salida, nos tomamos un descanso en el precioso Bryant Park solo para descubrir que ya no podemos más. Apenas hablamos. Aún así, cual zombies, confirmamos nuestro estado adentrándonos en Times Square, desde ese momento, lo más impresionante que mis cansados ojos habían presenciado. Todavía nos daría tiempo de bailar a los Jackson 5 en las 3 plantas de la M&Ms Store antes de volver a nuestro Hell’s Hotel particular. Necesitábamos una ducha… debíamos aguantar un par de horas más antes de acostarnos.

Sin dudarlo, decidimos que lo mejor sería darnos un paseo por “nuestro barrio”, el East Village, el cual nos sorprendió con su gran ambiente, lleno de restaurantes, bares y abarrotado. Incluso nos encontramos en medio de un rodaje en plena calle, donde una vez más comprobamos el carácter alegre de los neoyorquinos. De lo que nos pesaban las piernas en el camino a casa podría escribir descripciones que optarían al Premio Planeta.

Jueves 3 Junio: “El del paseo por Brooklyn”

El infierno de noche que nos depararon nuestro “room mates” no tiene desperdicio. Eran tres norteamericanos que llegaron a las 2 de la mañana borrachos, haciéndose bromas con el móvil, riéndose las estúpidas gracias sobre pedos y poniendo el aire acondicionado al máximo. Yo, que dormía con el aire en los pies… no me lo tomé demasiado bien. Así que a las primeras de cambio les apagué el aire. Al principio, desconcertados, hablaban y reían por ver quién lo encendía otra vez. Esta secuencia se repetiría hasta 3 veces a lo largo de la noche. En algún momento se coscaron que me estaba haciendo el dormido. “Fucking European People”. Menos mal que se fueron para nunca más volver dejándonos con un único compañero. Un negro que solo dormía. A todas horas dormía. Por eso, desde el primer día, se convirtió en “El koala”.

El momento del desayuno nos deparó a Andrés pidiendo un muffin a un dependiente mientras este le soltaba un impagable “¿Se te ha olvidado el español?”. Al montarnos en el bus nos sentimos medio neoyorquinos, medio madrileños con un chofer que alegremente tocaba la bocina en todos los cruces. No sabemos si por precaución o por alegría. Flipamos con la paciencia y el magnífico servicio que se presta en los autobuses a los minusválidos.

En Battery Park hacemos media hora de cola para montar al tour de la estatua de la libertad y la isla de Ellis. Las audio guías en español no paran de repetir que son de vuelta y que por favor las depositemos en la salida de los recintos antes de montarnos en el barco. Me pregunto si en el resto de idiomas lo dice tan a menudo. Definitivamente perdemos toda nuestra picaresca andaluza dejando que nos adelanten en cada cola. Aunque hacía al final de la mañana parezca que empezamos a recuperarla… casi de forma paralela a la aparición del gusanillo del hambre. En el mismo parque donde tomamos el ferry, nos encontramos a con 4 negros cuadradísimos dando saltos sobre niños mientras otro toca la batería. Deberían pensar en poner esa pregunta en el cuestionario de inmigración.

Puede parecer pequeña... pero os aseguro que no lo es en absoluto.

La ruta sigue por Broadway hasta el Charging Bull y nuestro primer Hot dog frente a Trinity Church. Lo que sigue es edificio tras edificio, a cada cual provocando peor dolor de cuello y mandíbulas más desencajadas: La Bolsa, Federal may, Federal Reserve, Trump Toser… Junto al TWC (o la concentración de grúas en lo que se ha convertido), Andrés prueba el típico “Chicken with spice rice” de los puestos ambulantes. Como auténticos ejecutivos nos sentamos a comer en una plaza donde incluso hay tiempo para una cabeza y un momento de relax en medio del ruido.

La caminata de por la tarde se inicia ignorando la importancia del edificio Century 21. Después callejeamos hasta el City Hall mientras vemos 1500 edificios reseñables más y llegamos al comienzo de Brooklyn Bridge, el cual cruzamos con esfuerzo y asombro a partes iguales. Porque para nada nos estábamos deshidratando. Además, vamos reconociendo compañeros de viaje: los chinos que nos hicieron una foto en Liberty Island, el español que reconocimos como tal al verlo subido en la estatua de George Washington gritando “Killo, ¿he salio?”, etc.

En Brooklyn buscamos una parada de metro en un largo paseo de una hora por zonas residenciales donde las miradas desde las canchas de baloncesto anexas eran cada vez más evidentes. Andrés confiaba plenamente en sus recuerdos del plano pero tras pasearnos 3 veces la misma calle y sufrir todos los grados centígrados que existen, nos replanteamos nuestra estrategia y volvemos por donde hemos venido hasta dar con el mapa en la pared y por consiguiente, la boca de metro.

Al volver al hostal se hace necesaria una siesta. Tanto, que nos quedamos dormidos y llegamos tarde a la cita con Manuela, la cual nos había invitado a una barbacoa en su casa. Desde aquí nuestro agradecimiento por una tarde – noche tan agradable. Allí Ben nos ofrece lo que el cataloga como “melondía”. Al volver a casa, vemos cerca un local con buena pinta y entramos: “ID gentlemans”. Todo el pub es una peluquería años 50. Y dentro, un ambiente festivo – moderno – desfasado. Pero la música es rock and roll del bueno e incluso nos animamos a bailar. Es el momento en el que “Beauty Bar” entra por primera vez en nuestras vidas. Eso sí, hemos pasado definitivamente de las propinas. Una mala mirada es soportable… y barata.

De vuelta al hotel vemos suecas rubias en la puerta de nuestra habitación y nuestros ojos se agrandan como platos. Parece que ya no tenemos tanto sueño. Lástima que al entrar en el cuarto, el panorama sea otro. Un chino dormido, otro con su portátil y otro tío en el baño. Al quedarme dormido las luces siguen encendidas. Menuda segunda noche nos espera.

La impresionante Times Square, la cual descubrimos a paso de zombies.

viernes, 6 de agosto de 2010

Si me dicen que caí


Una vez enfilé a la carrera una cuesta abajo con varias copas de más. A todas luces temerario. Y por supuesto me caí. Quizá fue el convencimiento, la efusiva energía que desprendía o simplemente la inercia, pero tras dos volteretas volví a ponerme de pie y seguí corriendo. Y aunque las heridas me acompañarían más días, es una caída divertida de la que tengo buen recuerdo y no me arrepiento.

Otro día salí de fiesta con dos chicas. Y de nuevo en condiciones adversas, subí a borricate a una de ellas y empecé a girar. La ostia de nuevo fue importante y aunque yo había hecho de colchón, nada me dolió hasta asegurarme de que ella estaba bien. Y no se me ha quitado la marca del brazo. Ni la punzada cada vez que ella me lo recuerda. Supongo que es una cicatriz necesaria para no olvidar ciertas tonterías.

Últimamente me lanzo mucho al vacío. Allí donde dicen que hay agua y tú solo ves oscuridad. Pero no importa porque sé que no mienten, que tengo todas las de ganar. Y que las heridas en caso contrario, van a sanar. No me importa caerme. No me importa hacerme daño. La vida te empuja a levantarte, a recuperarte. Pero tengo que sentirme con la suficiente fuerza para ello. Y ahora me siento así. Lo único que me asusta es la inconsciencia de a quién arrastro en mis caídas. No soportaría volver hacerle daño a alguien. Es una balanza muy delicada. Pero estoy dispuesto a arriesgar. Siempre con cuidado pero con pulso firme.

Cometo errores a diario. Los estoy viendo pasar. Los analizo por la noche. Los guardo al dormirme. Y los recuerdo en la siguiente piedra. Pero a pesar de encontrarme en un camino sin asfaltar, me apetece seguir y seguir… hablaban mis amigas de visualizar y focalizar… y yo que siempre había pensado que la panorámica es mucho más sana para no perderte nada.

Tengo un carácter torpe. Y tengo un espíritu alegre.
Gracias a dios que se complementan.

martes, 27 de julio de 2010

Abriendo frascos



Tengo cantidad de frascos de amor guardados a mi alrededor. Supongo que lo fácil es romperlos todos el mismo día de la consiguiente decepción. O meterlos en cajas y olvidarlos en el trastero. De vez en cuando, la inconsciente rutina hace que abra alguno y me sorprenda con lo que todavía guarda dentro. Es entonces cuando no tengo más remedio que vaciarlo y lavar el frasco. Incluso, a veces, cambiar la etiqueta.

¿Cuánto duran los ecos de una ruptura? ¿Cuánto se propagan en el tiempo las consecuencias? Quizá sea verdad que dos ondas se anulan mutuamente, pero nunca he sido una persona fácil a la hora de encariñarme. Y no quiero desaprovechar cualquier impulso que sea lo suficientemente fuerte como para dejarme hipnotizado durante un buen rato. Al fin y al cabo, todos merecemos nuestras propias ondas y que sean apreciadas en un día tranquilo y no siendo insignificantes en medio de una tormenta.

Están cayendo piedras a mi alrededor que me tienen descontrolado, descolocado, desubicado. Estoy sentado en un embarcadero con tantas ganas de tirarme al agua que me sorprende, sintiéndome yo el mismo gato que huía de la orilla en las playas. En resumidas cuentas, aquí solo hablo de unas horas de lo que están siendo estos meses. Hablo de apuntes dentro de una biblioteca. De una mueca en una conversación de horas. Pero tengo que hacer que mis mordiscos de realidad sean significativos. Que despierten mi curiosidad. La que de forma aletargada no me dejaba escribir.

Para que no me importe tanto romper algunos frascos a la vez. O darme un remojón de vez en cuando. O arriesgarme a que una onda pueda provocar música tan fuerte que tenga que comprar frascos nuevos.

lunes, 26 de julio de 2010

El sueño del irresponsable


Tengo esa maravillosa sensación de sueño del irresponsable que va a clase y se queda dormido. Quizá sea la canción, quizá la pantalla. Pero ahora mismo me estoy transportando a Manchester y a sus frías mañanas. Esas en las que me levantaba sin problemas y paseaba con mi música hasta la primera de las 3 clases que solía tener al día. A las 11 podía estar de vuelta en casa… y podría dormir otra vez. En clase pensaba en eso entre foco y foco de atención. Algunos días la ilusión me podía y entonces y no había más sueño que el que concedía a la noche siguiente. Me ponía a contestar mails que esperaba como agua de mayo con noticias desde el sur. Y después planeaba las horas que restaban. Paso a paso. Sabiendo que no era necesario cortarse puesto que al día siguiente no había compromiso ninguno que me impidiera disfrutar de esa maravillosa sensación de sueño. El sueño del irresponsable.

(23 Julio. 8:30 am)

martes, 13 de julio de 2010

Roto


He roto mi cámara. No ha sido de forma consciente. Simplemente tenté a la suerte muchas veces y en esta última me abandonó. Así que he dejado de echar fotos.

He vuelto a Madrid con tantas cosas rotas. He roto con una adicción, casi enfermiza, donde nunca tomaba partido y me dejaba estar. He roto con una ilusión… aunque queden ascuas que puedan seguir quemando un bosque… pero he tenido que dejar de soplar. He roto con una duda haciéndola realidad. Y me he sentido más tranquilo y seguro que nunca. He roto con algunos de mis principios y eso ha truncado mi rumbo. He roto estúpidamente una promesa. Unas cuantas si me pongo a pensarlo bien.

Recorrer 600 Km. tiene un efecto inmediato en la resolución de conflictos. Pero deja un poso con sabor a huida difícil de digerir. Y lo tuve a la ida. Y lo tengo a la vuelta. A pesar incluso de no ser los mismos problemas, de moverme entre dos mundos distintos, de no mezclar curvas con rectas. Todo al final interacciona en algún punto.

He roto mi rutina tal como esperaba. Pero inconscientemente me veo reparándola con parches. He roto mi cadera, mi aspecto y mi escurridizo color blanco. Y aún así siento que solo es maquillaje.

Es inabarcable el paso del tiempo con tantas direcciones que tomar. Es inconcebible el estar tranquilo ante una decisión así. Es imperativo el romper algo más. La cuerda deshilachada de mi cintura, la venda gastada de mis ojos, las cadenas corroídas que algún día coloqué en mis manos.

Siento que empiezo a deconstruirme. Y que las partes no van a encajar nunca más tal como estaban. Solo los bordes atados fuertemente, la sólida base de la que jamás seré capaz de desprenderme y algunos trozos especialmente maleables que puedo usar de comodín.

He roto mi cámara y siento que ya no soy capaz de echar fotos. Todavía no sé con que ojos estoy mirando al objetivo.


viernes, 2 de julio de 2010

Transformación


Se eriza el vello en mis brazos.
Se me escapa el aire en cada salto.
Se nubla mi vista con los días claros.

Mi corazón bombea más lento de lo habitual.
Precisamente cuando mi cerebro le ordena lo contrario.

He dejado crecer mis escrúpulos y ahora los veo caer por su propio peso.
Y me estoy quedando huérfano de apoyos.

Vago por las calles y los días. Y siento agudizado mi habitualmente inoperable sentido del olfato. Muerdo y disfruto. Pero me levanto desnudo en medio de los parques y el desconocimiento es más doloroso que las heridas que voy luciendo.

La rabia sigue siendo muda. Pero ahora siendo sonámbulo, hay momentos en los que no puedo responder por ella. Incluso diría que me esta creciendo el pelo más rápido de lo que puedo recordar.

Pienso en dejarme ir y no luchar más.
Pero me aterra que esto sea permanente.

Me aterra no reconocerme en el espejo las pocas ocasiones que soy capaz de mirar.

Me aterra lastimar a alguien.

Y sobretodo... me aterra que el efecto de la luna llena no sea capaz de contenerme.